La obsesión del fundador de Facebook por el implacable Emperador que liquidó la República romana

La obsesión del fundador de Facebook por el implacable Emperador que liquidó la República romana

El directivo de Silicon Valley siente reflejada su trayectoria vital en la del propio político romano: uno fundó un imperio que trajo paz y otro creó un servicio digital para contribuir a una mayor comprensión global.

Los más cercanos a MarkZuckerberg, cofundador de Facebook, aseguran que uno de los hombres más ricos del mundo vive totalmente obsesionado con la figura del Emperador Augusto, el político romano que liquidó la República y estableció una paz inédita hasta entonces en Europa. En una entrevista a la revista «The New Yorker», ha relatado recientemente que cuando pasó su luna de miel con su esposa Priscilla Chan en Roma, en 2012, la fascinación rozó por momentos lo enfermizo: «Mi esposa se burlaba de mí, diciendo que pensaba que había tres personas en la luna de miel: ella, Augusto y yo. Todas las fotos eran esculturas diferentes de Augusto». Con el matrimonio echado a rodar, la pareja nombró a su segunda hija August.

Según recoge la revista estadounidense, su interés por la historia de Roma surgió debido al latín, que es «muy parecido a la codificación o las matemáticas, así que lo valoré». Más tarde se sintió interesado por las intrigas y entresijos del Imperio romano: «Tienes todas estas figuras buenas, malas y complejas. Creo que Augusto es uno de los más fascinantes. Básicamente, a través de un enfoque realmente duro, estableció doscientos años de paz mundial». En concreto, Zuckerberg, de 34 años, quedó prendado por la ambición y los logros políticos de Augusto, quien consolidó su poder siendo también muy joven y ayudó a lograr la designada Pax Romana, un período de 200 años de paz relativa bajo la hegemonía romana. El directivo en Silicon Valley siente reflejada así su trayectoria vital en la del propio político romano: uno fundó un imperio que trajo paz y otro creó un servicio digital para contribuir a una mayor comprensión global.

«Mi esposa se burlaba de mí, diciendo que pensaba que había tres personas en la luna de miel: ella, Augusto y yo»

¿Quién fue César Augusto?

Cuando en el año 44 a.C. Julio César fue asesinado por un grupo de senadores, Cayo Octavio era un adolescente completamente desconocido recién adoptado por el dictador romano. Nadie pensó que aquel imberbe fuera en serio en su pretensión de continuar con el legado de su padre político. Cayo Julio César Octavio, sin embargo, consiguió en poco tiempo alzarse como uno de los tres hombres más poderosos de la República –formando inicialmente el Segundo Triunvirato con Marco Antonio y Lépido– y más tarde logró gobernar en solitario como Princeps («primer ciudadano» de Roma), para lo cual adquirió la consideración de hijo de un dios.

La muerte de Julio César de F. H. Fuger
                      La muerte de Julio César de F. H. Fuger

Como Adrian Goldsworthy narra en su último libro «Augusto: de revolucionario a emperador» (Esfera, 2015), Octavio –«un niño que le debía todo a un nombre», como le definían sus enemigos– no era conocido a la muerte de Julio César ni siquiera entre los partidarios del dictador fallecido, quienes veían en Marco Antonio al verdadero hombre a seguir. Tras levantar un ejército privado y ponerse al servicio de los propios conspiradores que mataron a su tío, Octavio se enfrentó inicialmente a Marco Antonio y Lépido, dos generales hostiles al Senado a consecuencia de la muerte del dictador. No obstante, los tres acabaron uniendo sus fuerzas, en el conocido como Segundo Triunvirato, contra los Libertadores, el grupo de senadores que habían perpetrado el magnicidio. Luego de aplicar una durísima represión política, el Triunvirato acorraló a los Libertadores y sus legiones en Grecia y emprendió en el año 42 a.C. la definitiva campaña militar en estas tierras.

Tras repartirse el mundo entre los tres triunviratos, Octavio fue consolidando su poder desde Occidente, mientras Marco Antonio desde Oriente caía en los brazos de Cleopatra y fraguaba su propia destrucción política. Lépido, por su parte, se limitó a dar un paso atrás. En el año 31 a.C, Octavio se vio libre de rivales políticos tras derrotara a Marco Antonio, al que primero había desacreditado con una agresiva campaña propagandística, e inició el proceso para transformar de forma sigilosa la República en el sistema que hoy llamamos Imperio. Lo hizo, sobre todo, valiéndose del agotamiento generalizado entre una aristocracia desangrada por tantas guerras civiles sucesivas. Octavio pasó a titularse con el paso de los años Augusto (traducido en algo aproximado a consagrado), que sin llevar aparejada ninguna magistratura concreta se refería al carácter sagrado del hijo del divino César, adquiriendo ambos una consideración que iba más allá de lo mortal.

Sin nombrarse en ningún momento Emperador, Augusto creó un sistema que cambió profundamente la historia de Europa. Inició un profundo programa de obras públicas, plasmado en su mítica de frase de «encontré una ciudad de ladrillo y dejé una de mármol»; estabilizó la política local; financió el arte y la literatura y prendió una estrategia defensiva en las fronteras del imperio que permitieron casi dos siglos de calma. Claro que aquella paz se cimentó sobre los cadáveres de unos 300 senadores y aristócratas, cuya ejecución marcó el fin de la República Romana. Augusto, un hombre razonable y justo pero implacable, no dudó en ordenar el destierro de su propia hija y de otros familiares con tal de salvar su autoridad. La paz costó litros y litros de sangre.

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